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Ampelmann: ¿Cómo fomentar la creatividad? ¡Viaja!

… y si no puedes viajar en el espacio, hazlo en el tiempo. Retrocedemos al siglo XX para recordar los tiempos de la Guerra Fría, y rescatamos una idea de diseño que se impuso por encima de las ideologías.

Visitamos la exposición “El Muro de Berlín: un mundo dividido”, que la Fundación Canal ha traído a Madrid. En ella podemos hacer un recorrido por la historia de la infame división que vivió la ciudad de Berlín, cuando en la noche del 12 al 13 de agosto de 1.961, la extinta RDA construyó un muro que dividía la ciudad en dos: Berlín oriental, bajo el dominio de la Unión Soviética y Berlín occidental, bajo supervisión de Francia, Reino Unido y Estados Unidos.

Desde ese fatídico día, las dos mitades de la ciudad no harían sino incrementar sus diferencias, culturales e ideológicas, que afectarían profundamente, sobre todo a los ciudadanos de la parte este.

En el mismo año de la construcción del muro, el psicólogo Karl Peglau propuso cambiar el diseño de los semáforos del Berlín oriental, para reforzar el concepto “espera/pasa” no solo a través de los colores sino también de la forma. Sin casi pretenderlo además, su diseño caló en la población al ser simpático a primera vista. Así fue como nació el “Ampelmännchen” (hombrecillo del semáforo), que fue instalado por primera vez en octubre de 1.961.

Con el tiempo, la figura fue tan popular que padres y profesores comenzaron a utilizarla para transmitir los conceptos de la educación vial a los niños. De ahí el muñequito del sombrero pasó a la radio y a la televisión como protagonista de numerosas historias animadas. Se había convertido en una estrella por derecho propio.

Con la caída del muro en 1.989 y la posterior reunificación de Alemania en 1.990, el “Ampelmännchen” empezó a ser visto como un vestigio del pasado soviético. Las señales de la Alemania Oriental fueron sustituidas y poco a poco el muñequito fue retirado de la vida pública.

Sin embargo, una especie de clamor popular mezclado con nostalgia (y algo de negocio también, todo hay que decirlo), hizo que el hombrecito del sombrero volviera, y de nuevo poco a poco fuera calando en una sociedad renovada. En 1.997, Karl Peglau, el que fuera su creador, le atribuía a la figura «un aura especial, casi indescriptible, de calor y cercanía humana» y «el derecho de representar los aspectos positivos de un orden social fallido«.

Por su parte,  Daniel Meuren, del diario germano-occidental Der Spiegel, describía el Ampelmännchen como un elemento que unía «belleza con eficiencia, encanto con utilidad y sociabilidad (que no “socialismo”, jeje) con el cumplimiento del deber».

Si vas hoy a Berlín, es prácticamente imposible que no te lo encuentres en cualquiera de las formas en que el merchandising lo ha transformado… y casi más difícil todavía que no te lo traigas a casa.

Pierre Vivant’s sculpture, Traffic Light Tree in the Docklands, London

Los semáforos son elementos importantísimos en la seguridad vial, pero eso no ha impedido que al significado universal de sus colores, en todas partes del mundo los diseñadores hayan dejado volar su imaginación y creatividad. La estética unida a la funcionalidad. La idea, con la emoción. Desde un corazón para la señal luminosa roja en la ciudad islandesa de Akureiry, hasta un árbol de semáforos en Londres o la divertida campaña de “el peatón que baila” que la compañía Smart llevó a cabo el Lisboa, la lista de semáforos creativos es tan extensa como alucinante.

En España, desde 2023 podemos disfrutar en Barcelona de unos semáforos muy especiales, para homenajear al genio del cómic Francisco Ibáñez a través de su creación más universal: Mortadelo y Filemón.